miércoles, 1 de septiembre de 2010

REHABILITACIÓN DE LA ANTIGUA ESTACIÓN DE CORNES (SANTIAGO DE COMPOSTELA)(II)

EL EDIFICIO
Poco sabemos del origen del edificio cuyos muros exteriores se conservan en la actualidad. No conocemos el nombre de su autor puesto que ninguno de los documentos manejados a la hora de realizar el presente trabajo hacen referencia al mismo. Tampoco desde las diferentes instituciones y organismos consultados (Ayuntamiento de Santiago, Asociación de Amigos del Ferrocarril, Renfe…) se pudo dar respuesta a esta incógnita. No obstante algunas fuentes consultadas apuntan como posible autor del proyecto al arquitecto municipal compostelano (hipótesis que podría avalar el que los planos aparezcan sin firmar). Al mismo tiempo en la carpeta que contiene los planos originales del inmueble figura un número escrito a lápiz en la parte superior: 1918. Puede tratarse de la fecha del proyecto, aún cuando éste no se materializó hasta comienzos de la década de 1920 (recordemos que la documentación nos indica que en 1919 aún existía la caseta de madera). Otra duda nos la plantea el título manuscrito que aparece bajo el referido 1918 y que reza así: “Edificio de viviendas en la estación de Santiago (Cornes)”. Pues bien, si el emplazamiento de la estación en Cornes no era aún definitivo en el año 1918 (no lo sería hasta finales de 1919 o comienzos de 1920) ¿por qué construir una arquitectura robusta, no perecedera? Dudas al margen en cualquier caso sabemos que el edificio definitivo data, como ya se ha señalado, de la década de 1920.

En vista a la planimetría podemos decir que el inmueble respondía en líneas generales a lo que eran las estaciones de tránsito de RENFE (no de término, las cuales solían ser más espectaculares) de la primera mitad del siglo XX. Se estructuraba en dos plantas. El piso bajo estaba formado en líneas generales por dos cuerpos rectangulares en los laterales y un cuerpo central también rectangular y ligeramente retranqueado al este con respecto a los de los extremos. Dicha planta estaba toda ella destinada a los servicios propios de la estación tales como despacho de billetes, salas de espera, almacén, etc. La planta superior presentaba un único cuerpo rectangular y estaba reservada a servir como vivienda al personal de la estación. En alzado presentaba un cuerpo central de planta baja y primer piso con techumbre a dos aguas y dos cuerpos laterales simétricos entre sí en la planta inferior, todo ello jalonado con múltiples vanos (puertas en la parte inferior y ventanas en la superior) cerrados en su parte superior todos ellos por arcos carpaneles.

Este edificio estaría sirviendo al transporte de viajeros durante dos décadas, hasta la entrada en servicio de la actual estación de ferrocarril de Santiago de Compostela en abril de 1943. A partir de este momento continuaría funcionando durante algunas décadas más como auxiliar de mercancías bajo la denominación de Santiago-Cornes. Al mismo tiempo el edificio seguiría sirviendo como vivienda hasta bien entrado el siglo XXI.

LA NARRATIVA DEL APOCALIPSIS. EL JUICIO FINAL A TRAVÉS DE UNA PORTADA: SAINTE-FOY DE CONQUES

La Santa Fe de Conques es una abadía benedictina fundada en época carolingia y que alcanza su mayor esplendor en los siglos XI y XII. Se encuentra en la vía Podensis, en la zona de Auverne, en el macizo central francés. En el libro V del Códice Calixtino se recomienda la visita a este santuario.
Las reliquias de la Santa Fe se encontraban en origen en la población de Agen, siendo trasladadas a la abadía de Conques entre finales del siglo IX y comienzos del X. Precisamente en la iglesia de Agen se encuentra Cristo en su mandorla franqueado por San Caprasio y la Santa Fe, a quienes corona.
De vuelta a la iglesia de la Santa Fe de Conques en ella se encuentra la famosa estatua relicario de la santa, una de las obras de orfebrería medieval más impactantes. Esta obra es muestra del “culto vivo”, puesto que está formada por un alma de madera forrada de oro y completada con exvotos tales como medallones, camafeos romanos… (se trata de una pieza que se ha ido elaborando progresivamente a través de añadidos).
La hagiografía de la Santa Fe fue escrita a comienzos del siglo XI. Además durante el abadiato de Odolric (1030-65) se escribió un poema laudatorio en el cual se hablaba de la capacidad taumatúrgica de la santa, de su integridad moral, de sus virtudes, etc.
La iglesia de la Santa Fe de Conques tuvo un proceso constructivo muy lento, con muchos cambios de dirección en las obras. Como iglesia abacial que era tenía un claustro y dependencias en el lado sur. Por lo que respecta a la fachada (reconstruida en parte en época moderna) destaca por su gran desnudez, por su austeridad. Ésta es tal que ni siquiera se trabajan los laterales, quedando toda la figuración reducida al tímpano en una época en la que precisamente se está experimentando con este elemento como soporte iconográfico. Desde el punto de vista cronológico hay problemas para establecer una datación de la iconografía del tímpano:
- abad Bégon III (1087-1107)? Antiguo escriba de la abadía. Conocimientos profundos sobre la historia/leyenda de la abadía. Apogeo económico de la institución
- abad Bonifacio (1107-25)?
En cualquier caso en el tímpano de Conques vamos a ver por una parte un profundo conocimiento de los valores del cristianismo junto a una presencia notable de cuestiones puramente locales (de lo universal a lo local).
La chambrana exterior es el único soporte, a excepción del tímpano, que tiene figuración. Es casi un marginalia: individuos asomándose a lo que parecen las ondulaciones de una larga filacteria. Esto era algo habitual en los manuscritos pero no en las portadas pétreas.
Si nos vamos al tímpano se representa en él en tema del Juicio Final. Es importante destacar la existencia de un enorme corpus epigráfico. En la izquierda del Pantocrátor aparece un libro abierto con un pasaje del Apocalipsis en el que se manifiesta que el tiempo ha llegado a su fin (“el libro de la vida es sellado”). También se muestra la cruz, asociada con el culto a las reliquias. Y es que la abadía de Conques se vanagloriaba de albergar reliquias procedentes del lignum crucis. A este respecto existe un altar portátil de Bégon III (ca. 1100) en cuyo interior estarían las reliquias de la Santa Cruz, tal y como se manifiesta en una inscripción contenida en dicho altar. Sobre la figura del Pantocrátor una serie de epígrafes hacen referencia a los instrumentos de la Pasión (a la cruz, a la lanza, a los clavos…), instrumentos que por otra parte son portados también por ángeles. En este tímpano se percibe una intensificación ornamental notabilísima (casi se podría hablar de horror vacui). Cristo eleva el brazo en el lado de los bienaventurados (derecha), mientras que lo baja en la parte de los condenados (izquierda).
Muy interesante es el esquema narrativo que sigue el tímpano. El punto de arranque se sitúa en la escena de la Psicostasis, desde la cual se abren dos caminos ascendentes: uno hacia el Paraíso (o espacio de los bienaventurados) y otro hacia el infierno (o espacio de los condenados). Finalmente estas dos vías narrativas convergen en el Pantocrátor.
En la parte superior a la derecha de Cristo se puede apreciar una comitiva de bienaventurados. En primer lugar aparece María y detrás de ella San Pedro. En un menor tamaño aparece un tercer individuo, identificado habitualmente como el eremita Dadón, fundador de la abadía. A continuación un abad, posiblemente Begón u Odorico (vemos así como se introduciría la historia local de la abadía). Seguidamente se representa a un rey el cual se suele identificar con la figura de Carlomagno, estereotipo del buen gobernante que apoya a la Iglesia (idea de prestigio; recordemos que esta abadía se funda bajo su gobierno). Junto a estos personajes se disponen otros sin identificar, posiblemente gente que de forma genérica se aproxima al Paraíso. Acompañando a todo ello la inscripción “Da comienzo la asamblea de los santos mientras Cristo juzga” (“SANTORVM ELVS STAT XPISTO IVDICE LETVS”). Cuatro ángeles sujetan filacterias con las cuatro virtudes teologales: Fe, Esperanza, Caridad y Humildad.
Junto a la escena de la Psicostasis vemos cómo tras este juicio de las almas los bienaventurados se introducen por las puertas del Cielo, pasando a una serie de arcuaciones. Uno de los intercolumnios se aprovecha precisamente para introducir las puertas del Cielo, recreadas con una gran precisión, distinguiéndose incluso los herrajes (se trata de incidir en el hecho de que es una puerta que se va a cerrar). Casi como anécdota cabe destacar que la puerta del Cielo tiene en su parte superior forma circular (símbolo de la dimensión celeste), mientras que la puerta del infierno es cuadrada (símbolo de lo terrestre).
En el eje de la estructura arquitectónica formada por la sucesión de arcos se sitúa la representación del seno de Abraham (Abraham acogiendo a los bienaventurados en su regazo): se trata del umbral del Paraíso, una iconografía presente también por ejemplo en Moissac o en San Miguel de Estella. Luego, de derecha a izquierda tenemos la representación de: mujeres sabias – santas mujeres – mártires - Abraham y Santos Inocentes – profetas – mártires. En la parte superior de esos arcos se distinguen lámparas de aceite colgadas, introduciéndose así la luz como elemento metafísico dentro del Paraíso. Con respecto a la presencia de la parábola de las vírgenes necias y de las vírgenes prudentes, nos remite a Mateo 25, 1-13. Iconograma muy frecuente con él se incide en la cuestión de estar alerta, porque si uno no tiene el espíritu en condiciones adecuadas las puertas se pueden cerrar.
Sobre el espacio arquitectónico anterior, casi en una zona marginal se nos muestra la representación de la Santa Fe. Tras ella una serie de arcos simbolizarían la estructura arquitectónica que tenemos delante. Se distingue el altar, el cáliz y los grilletes de aquellos que a modo de exvotos querían a agradecerle a la Santa Fe su liberación (la Santa Fe tenía por “especialidad” la liberación de cautivos). La propia Santa Fe se representa recién levantada del sitial para postrarse ante la mano de Dios, que la bendice como santa. Así pues vemos como de nuevo se introducen en medio de valores universales temas locales. Cabe decir en este punto que la expansión del culto a la Santa Fe era enorme. En este sentido por ejemplo una capilla de la girola de la catedral de Santiago tenía reliquias de la referida santa, capilla por otra parte en uno de cuyos capiteles se encontraba representado el momento previo al martirio de la Santa Fe (episodio tomado de la hagiografía de la Santa Fe).
Volviendo al tímpano de la Santa Fe de Conques vemos antes de traspasar las puertas del Cielo al arcángel San Miguel llevando a los bienaventurados. Uno de ellos ve con horror como otros no se libran, siendo golpeados al otro lado los condenados por un demonio provisto de una maza. Ese juego de miradas y gestos ayudan a acentuar mucho más el impacto visual, a enfatizar el mensaje que se quiere transmitir.
En los extremos del registro superior aparecen los ángeles trompeteros, elementos iconográficos consustanciales a la representación del Apocalipsis, del Juicio Final. Podemos decir que es el “sonido” del fin de los tiempos. En este sentido en Apocalipsis 8,2 se nos dice: “Vi siete ángeles en pie delante de Dios: les entregaron siete trompetas”.
Si nos centramos exclusivamente en la escena de la Psicostasis, ésta supone el arranque de la narración plasmada en el tímpano de Conques. Hacia el del infierno el diablo intenta con el dedo inclinar la balanza hacia su lado para llevarse las almas consigo. Cabe decir que en función del juicio el alma podía ir hacia un lado o hacia el otro. Una vez producido el juicio los condenados caen hacia el lado del infierno, siendo introducidos en la boca de Leviatán (un iconograma muy expandido en el románico) por un diablo con pelo pincho que los golpea. Un epigrama nos dice: “Los hombres perversos son arrojados al Tártaro”. La palabra “Tártaro” responde a la geografía infernal y su origen se encuentra en la Ilíada (VII, 10-17), aunque también II Pedro habla del Tártaro en 2, 1-5. Pues bien, en Conques el primero que cae al Tártaro o infierno de cabeza es un caballero armado con su caballo, lo que supone un aviso a los poderosos. El hecho de que caiga de cabeza se descodifica como la plasmación de la condena de la soberbia, de la altivez . A continuación se nos muestra la personificación de la lujuria a través del iconograma de la mujer con serpientes. Seguidamente aparece un individuo tumbado, con los pies de Satanás sobre él, iconograma que suele ser identificado como la pereza (aquel ser que no hace absolutamente nada). Más adelante se representa la avaricia (o Judas) a través de un individuo colgado y provisto de una bolsa. Finalmente la calumnia, una imagen interesante puesto que se advierte la presencia de un individuo al que se le está arrancando la lengua (es la plasmación del pecado de la palabra). Sobre la estructura arquitectónica del infierno, casi en una posición simétrica con respecto a la imagen de la Santa Fe, se nos vuelve a mostrar un episodio particular de la historia de Conques: se trata de la caza furtiva. A este respecto en la documentación de Conques se recogen varios pasajes en los que se denuncia la caza furtiva realizada por distintos individuos en el coto del monasterio. En el tímpano y como referencia a este tema aparece un hombre que está siendo asado por una liebre demoníaca (es el “cazador cazado”).
En la parte superior, separando el infierno de la zona en la que se encuentra Cristo, aparece un parapeto de arcángeles ataviados con ropajes militares, provistos de escudos y espadas, casi en un guiño a la batalla final entre el bien y el mal. Junto a éstos se dispone todo un maremágnum de tormentos. Así pues una de las escenas se sitúa en una ceca, en una clara referencia a la falsificación de moneda; es por ello que un demonio da de beber al falsificador el metal líquido, fundido. Otro de los tormentos es aquel que se identifica con la gula, representado aquí a través de un individuo cabeza abajo para que expulse todo lo que ha comido. Una escena muy interesante dentro de este ámbito es aquella en la que aparece un monje benedictino, tonsurado y con el hábito. Éste se suele identificar con el mal monje. En este sentido hay un episodio en el monasterio por el cual un abad usurpa el puesto a otro, hecho ocurrido durante los mandatos de Esteban y Bégon II. Debajo aparece un rey desnudo pero coronado, con gesto de dolor: se trata del mal rey (en un claro paralelismo con la escena del mal monje).

REHABILITACIÓN DE LA ANTIGUA ESTACIÓN DE CORNES (SANTIAGO DE COMPOSTELA) (I)

Bajo el título Rehabilitación de la estación de Cornes y a lo largo de tres entregas se recoge el pequeño trabajo de investigación que yo, Rafael F. Fuentes, realicé en su día y que tenía como base tratar la historia y rehabilitación de la que fuera (junto con la de Carril) la primera estación de FF.CC. dentro del territorio galaico.

HISTORIA

La historia de la estación de Cornes arranca el día 15 de septiembre de 1873, momento en el que se inaugura la primera línea ferroviaria de Galicia: Cornes-Carril. Contando con el apoyo del Ayuntamiento Constitucional de Carril y de la Sociedad de Amigos del País, la concesión fue otorgada el 7 de Abril de 1.861, y transferida a la Compañía que había de explotarla el 8 de Agosto de 1.863, constituida bajo el nombre de Sociedad del Ferro-Carril Compostelano de la Infanta Doña Isabel. En 1.880 se hizo cargo de la Gerencia otro inglés, Mr John Trulock, y en 1.886 cambió de nombre por el de "The West Galicia Railway Company", trasladando su domicilio social y el Consejo de Administración a Londres, aunque la Gerencia permaneció siempre en Vilagarcía.
Pero el emplazamiento de la estación en Cornes no estuvo exento de polémica. Así, por documentación fechada en 1863 se proyecta emplazar las instalaciones ferroviarias en la Rapa da Folla. Diez años después se acuerda el situar la estación “provisionalmente” en Cornes. Se construye entonces una caseta de madera de planta baja destinada a servir como refugio de pasajeros. Hay que decir que Cornes estaba situado en el Conjo (en la actualidad Conxo), municipio independiente hasta 1923 del de Santiago. La gran distancia existente en aquel momento entre la estación y el centro histórico compostelano fue uno de los problemas achacados a las nuevas instalaciones. En 1908 se dice al respecto “de la caseta de madera que se destina para la estancia de los viajeros y para la facturación y entrega de equipajes y mercancías” que “en aquel local todo es reducido, viejo y antiestético”. A su vez en este mismo momento se insta a la empresa “The West Galicia” a que cumpla con “la obligación de construir la estación dentro del término municipal de Santiago y en el lugar que técnicamente está señalado” (esto sería en el Hórreo). Ya en 1910 y con la intención de reducir la distancia entre Santiago (entiéndase la zona histórica) y Cornes se plantea la posibilidad de construir una línea de tranvía “cuyo emplazamiento terminará en la Fajera”. Los problemas continúan y ya en un pleno municipal fechado el 9 de marzo de 1914 se recuerdan los “cuarenta años de luchas para el emplazamiento definitivo de la estación de Santiago”. El grado del conflicto es tal que en ese mismo año de 1914 varios vecinos del lugar de Cornes y de las calles de Campos de San José, San José, Avenida del Cardenal Payá, Campos del Cardenal Payá (todos ellos en Conjo) solicitan al alcalde compostelano que estos lugares sean segregados de su legítimo ayuntamiento para anexionarse al de Santiago con el fin de que la estación de Cornes quedase integrada dentro de dicho término municipal. En abril se pide opinión a los “Sres. Presidentes de los Centros considerados como representación de las fuerzas vivas de la localidad” acerca de la propuesta vecinal. Es interesante la respuesta del director del periódico El Eco de Santiago, quien afirma que con ello “no cambiarán los términos del problema (…) no se trata de que se levante (la estación) en el término municipal de Santiago, sino en el punto por la Ley señalado como más conveniente a los intereses locales”. Ya en septiembre de 1919, en los borradores de la instancia dirigida al Excmo. Sr. Ministro de Fomento para que dictase orden a fin de que la empresa The West cumpliese la obligación de emplazar la estación del ferrocarril en el lugar denominado Horreo se lee: “Las dependencias de madera que, paradójicamente se denominan estación y almacén, son tan reducidas como antiestéticas; pugnan con las reglas más elementales de la comodidad y de la higiene; constituyen forzoso y grave peligro para la seguridad del público y para el buen estado de conservación de las mercancías, y dan motivo (…) para que la censura y la protesta se exteriorice contra un pueblo que, por muchas y fundadas razones, está considerado como punto cardinal del turismo (…). Santiago (…) no puede aun a estas fechas (1919) hacer figurar su nombre entre los de las poblaciones dotadas de comunicación ferroviaria”. Finalmente es en torno a 1920 cuando se decide el emplazamiento definitivo de la estación ferroviaria en Cornes, aún cuando este lugar sigue perteneciendo al ayuntamiento de Conjo. Este hecho trae consigo la demolición de la vieja caseta de madera y la construcción de un edificio edificado en mampostería, ladrillo y hormigón (otras fuentes apuntan sin embargo a un incendio fortuito como causa de la desaparición de la caseta de madera, obligando la necesidad a la rápida edificación de un inmueble más sólido).

martes, 31 de agosto de 2010

El "cruceiro" de la iglesia de Santiago de Carril (s. XVII)

 Obsérvense las dos fotografías que acompañan a este pequeño artículo. Se trata de prácticamente la misma toma (de la iglesia de Santiago de Carril -Vilagarcía de Arousa- y su "cruceiro"), pero separada por un intervalo temporal de un año. Si el lector fija sus ojos atentamente en ambas imágenes advertirá que en la segunda falta la cruz que remataba el mencionado BIC, recogido en su día por Castelao en su celebérrimo As cruces de pedra na Galiza. El motivo de esta "desaparición" se debió presumiblemente a la acción de un desequilibrado mental. Para quien quiera saber más sobre este hecho: http://www.farodevigo.es/portada-arousa/2010/05/09/hombre-destroza-cruceiro-iglesia-carril/436991.html

sábado, 10 de abril de 2010

Un entierro en Ornans. Courbet

Un enterrement à Ornans.
Estudio para una pintura "histórica"


Rafael F. Fuentes

Gustave Courbet nació en Ornans, una pequeña localidad emplazada en el centro-este de Francia, en 1819. Pertenecía a una familia rural adinerada. Su padre, Régis, era un rico agricultor que en 1839 había costeado el viaje de su hijo a la capital francesa con el fin de que éste estudiase Derecho. Una vez en París decidió abandonar las leyes para dedicarse al mundo del arte. Pronto el espíritu libre de Courbet comenzó a sobresalir demostrando una cierta independencia con respecto a planteamientos que consideraba superados. En París conoció a algunas de las personalidades más progresistas de su época, como el anarquista Proudhon o Champfleury. En 1848 tuvo lugar la proclamación de la II República, hecho que conllevó la pérdida del trono de Luis Felipe de Orleáns. Parece ser que Courbet no formó parte de los combates que se libraron en las calles, aunque se alegró por el nuevo sistema político. De hecho, en 1851 declaró a un periódico que “yo no soy socialista, sino también demócrata y republicano; en una palabra partidario de toda la revolución y sobre todo un realista”[1]. En cualquier caso es a partir de aquel año de 1848 cuando Courbet comienza a hacer un “arte vivo” reflejando las costumbres o ideas de su época desde un punto de vista propio, huyendo de la repetición de modelos del pasado (como hacían otros pintores). Es también a partir de 1848 cuando se asientan en la pintura de Courbet dos temas que van a ser fundamentales en su pintura: la bohemia y la vida campesina.
En este punto y antes de pasar al análisis de Entierro en Ornans me gustaría hacer una breve referencia al mito que surgió en torno a la personalidad de Courbet cuando éste aún estaba vivo. Difundido sobre todo por Champfleury, se presentaba al pintor como una persona inculta, simple, influenciable, y a quien sus amigos habían hecho creer que su arte tenía una fuerte carga política. Sea como fuere lo cierto es que Courbet supo introducirse dentro de los círculos de la intelectualidad francesa de su época y tuvo influencia dentro del grupo. Meyer Shapiro define a Courbet como un pintor que “pertenece al periodo de transición desde el artista cultivado de la Pintura de Historia (…) al artista de la segunda mitad del s. XIX que confía solo en la sensualidad”.
En 1849, tras el éxito cosechado en París con Sobremesa en Ornans Courbet se traslada a su localidad natal. Entre octubre de ese año y el verano de 1850 pinta tres obras en las cuales intenta plasmar la realidad de la vida en el campo. Se trata de Los picapedreros (representación de los desheredados de la sociedad), Entierro en Ornans (plasmación de la burguesía rural) y Los campesinos de Flagey volviendo de la feria (el campesinado más o menos acomodado). Son tres escenas yuxtapuestas que lo único que tienen en común son que en ellas se nos muestra lo que parece ser una representación de la vida rural, campesina, representada con meticulosidad y mucha observación. La concepción de esta trilogía, en la que cada una de las partes era totalmente independiente, era tremendamente moderna para su época. Dicha yuxtaposición recuerda a la de una obra de Balzac, Los campesinos (1844), en la cual tampoco no había una continuidad entre las diferentes historias sino que eran tramas independientes en las que la siguiente tenía igual importancia que la anterior. Es pues a través de mostrar un trozo de la vida misma cómo Courbet va a transmitir una cualidad moral. En ellas estas obras realizadas entre 1849 y 1850 rechaza el academicismo burgués en favor de unos principios formales encontrados en el arte no clásico y en el popular de la clase obrera. Y es que el contexto en el que Courbet pinta estas obras es aquel en el campo francés está atravesando una crisis y la derecha y la izquierda luchan por hacerse con su control, utilizando para ello la iconografía popular a través de emblemas, canciones, almanaques…
Antes de acabar Los campesinos Courbet se enteró de que el Salón de 1850 se había aplazado por la inestabilidad de la situación política que se estaba viviendo en París. El artista se decidió a mostrar sus cuadros por provincias, exhibiéndolos en Ornans, Besançon, Dijon y luego finalmente en París. En los dos primeros lugares disfrutó de un enorme éxito, pero en Dijon pasó inadvertido y en París fueron muchos los que atacaron que los cuadros careciesen de unidad, de un centro del que irradiase la acción y la emoción, etc. Y es que hay que recordar que los críticos parisinos estaban formados en la pintura matizada, atmosférica del Romanticismo, por lo que esta nueva forma de hacer arte no se entendía.
A la hora de describir lo que a primera vista se ve en Entierro en Ornans podemos decir que Courbet plasma lo que parece ser un episodio de lo más banal: un funeral a pie de tumba en el cementerio nuevo de Ornáns. Al emplear este nombre indefinido (“Entierro en”) el pintor no reivindicaba un status particular para este entierro. Sin embargo en el registro de entrada al Salón de 1850-51 Courbet presentó su obra como Cuadro de figuras humanas, histórico de un entierro en Ornans. Vemos de esta forma que a pesar de su falta de interés en señalar el especial significado de la ceremonia él no obstante la considera un evento histórico. Con esta obra Courbet trastoca la jerarquía canónica de los géneros pictóricos al emplear un formato de grandes dimensiones (3,14x6,63 m.) para tratar no una gesta del pasado sino un asunto tomado de la vida cotidiana y contemporáneo a la época del pintor.
Se sabe que el pintor recibió en su estudio a una gran parte de la población de su localidad natal. Realizó de esta forma retratos individualizados de aquellos convecinos que pasaron por su estudio. En una carta fechada en la primavera de 1850 y dirigida a su amigo Champfleury el propio pintor dice: “Por aquí todos los modelos son baratos; todos desearían salir en el Entierro (…) Ya han posado: el alcalde (…) uno de los bedeles (…) el cura, el juez de paz, el portador de la cruz, el notario, el secretario Marlet, mis amigos, mi padre, los niños del coro, el sepulturero, dos viejos de la Revolución del 93(…), un perro, el muerto y los que lo llevan en hombros, los bedeles, mis hermanas, otras mujeres, etc.”[2]. Poco tiempo después, una vez rematado el cuadro en un anuncio publicado en Le Peuple con motivo de la exposición que Courbet había organizado en Dijon, su amigo Max Buchon escribió un tendencioso artículo en el que decía que en la obra “se agrupan, alinean y superponen las figuras que seguramente acabas de saludar por la calle, y que aquí aparecen reunidas por el pincel del maestro con mucha naturalidad, inteligencia y buena disposición. El señor cura, el señor alcalde, el señor secretario, no falta nadie”[3]. Así pues prácticamente todos los personajes están identificados: Promayet, Buchon, Cuenot, Marlet (amigos de Courbet), el alcalde Claude-Hélène-Prosper Teste, Hippolyte Proudhon (abogado local)… Sin embargo no hay consenso sobre quién es el individuo que va a ser enterrado. Se ha dicho que podría tratarse del abuelo del pintor, Oudot, que había muerto en agosto de 1848 y que aparece representado a modo de recuerdo póstumo en el extremo izquierdo de la composición. También se cree que pudiera ser Charles Etienne Teste, pariente lejano de Courbet y quien había sido la primera persona inhumada en aquel camposanto.
En cuanto a la explicación sobre el porqué Courbet eligió un entierro para representar a la burguesía rural nos podríamos plantear dos posibles causas. Una de ellas vendría de la mano de Baudelaire y su obra sobre el Salón de 1846. En el último capítulo de ésta, titulado “El heroísmo de la vida moderna”, tras afirmar la decadencia de la pintura contemporánea Baudelaire defendía una pintura que plasmase la moda en el vestir de su época, pudiendo identificarse los atuendos negros que viste casi todo el cortejo con vestimentas burguesas[4]:: “Apreciad que el traje negro y la levita tienen no sólo belleza política, que es la expresión de la igualdad universal, sino también la belleza poética, que es la expresión del alma pública; un inmenso desfile de enterradores, de enterradores políticos, de enterradores amorosos, enterradores burgueses. Celebremos todos tal entierro”. Por otra parte una segunda causa que explicaría el por qué Courbet escogió el tema del entierro derivaría de un conflicto social. Y es que en aquel momento el 80% de la población era inhumada en fosas comunes, convirtiéndose los entierros individuales en ceremonias reservadas a las clases burguesas. Por esta razón las clases trabajadoras comenzaron a reclamar también para sí este tipo de inhumaciones, pasando de esta forma los entierros a convertirse en auténticas manifestaciones reivindicativas.
Ya dentro de las características técnicas de la pintura, en lo que respecta al color éste es torpe tanto por la manera de estar dado como por las tonalidades empleadas. Courbet emplea el pincel para depositar la pintura sobre el lienzo, pero también otros recursos anticlásicos tales como las espátulas, las muñecas de trapo o los dedos. Esto da lugar a un empaste espeso muy notorio que lleva al espectador a ser consciente de que se encuentra ante una realidad pintada. En todo el cuadro hay un claro predominio del negro. Así pues el cortejo fúnebre dispuesto en la parte derecha de la composición se conforma como un sólido muro de pigmento negro, interrumpido únicamente por el rostro de la hija del alcalde y por el pañuelo que cubre a una de las hermanas del pintor. En contraste con este color negro se perciben fundamentalmente dos colores a lo largo de la obra: el blanco cremoso (en los pañuelos, de las gorras de encaje, los adornos del sacerdote, las mangas del enterrador…) y el tono ocre amarronado del paisaje. La tendencia a polarizar el negro y el blanco hace que se cree un efecto aplanado de las figuras emplazadas sobre el horizonte alto y rocoso de Ornans. Junto a esto Courbet emplea dos colores más intensos: los trajes rojos de los pertigueros y el azul y gris de las polainas del viejo de la Revolución del 93 (para que los colores de éste último acentúen el negro que lo rodea el pintor dejó un espacio vacío sobre la cabeza del jacobino). Por lo que respecta a la tumba, está configurada por una tonalidad parduzca uniforme que evoca la textura húmeda de la tierra[5], desapareciendo el efecto ilusionista de una gran zanja que se abre a un paso de nuestros pies.
En lo que se refiere al uso de la luz recuerda a lo que dentro del Museo español del barroco hacía Zurbarán, mandando focos de luz individuales a cada una de las caras de las figuras para destacarlas (recordemos que Luis Felipe de Orleans tenía una enorme colección de pintura española). En cuanto a la iluminación del paisaje evoca los esquemas de la escuela de Barbizon, llevando el foco lumínico al último término.
En cuanto a la composición propiamente dicha el sacerdote (el abate Benjamin Bonnet), los pertigueros los niños del coro o algunos ciudadanos ilustres de la comunidad están estáticos en el sitio que les corresponde, esperando el comienzo de la ceremonia; por otra parte los porteadores del féretro aún se están aproximando al lugar en el que se va a depositar al difunto, al igual que el resto del cortejo fúnebre, que camina en una procesión serpenteante para acercarse a las proximidades del hoyo. Asistimos pues en Entierro en Ornans a una alternancia de figuras estáticas y en movimiento. Por otra parte la obra semeja estar falta de composición debido a que las figuras parecen estar captadas de improviso, como en un momento fugaz (no están posando), cortando por ambos lados el marco la adición de figuras asistentes al funeral. Podemos hacer una triple división dentro del conjunto coincidiendo con la colocación de los personajes: la Iglesia (a la izquierda del espectador), los hombres (en el centro) y las mujeres (a la derecha). Esta división podría relacionarse con la separación entre clero/hombres/mujeres que imperaba en la época dentro de los oficios religiosos. En palabras de Jean-Louis Ferrier la obra “mostraba un entierro rural en el momento de la separación que los hombres, en su mayoría, afrontan con calma, y las mujeres de manera más melodramática, mientras que los sacerdotes y los porteadores reflejaban un distanciamiento habitual”[6].
La escena se localiza en un paisaje real: se trata del nuevo cementerio de Ornans, frente a los acantilados de la Roche du Castillo y de la Roca del Monte. El camposanto acababa de ser inaugurado en el momento en el que Courbet comenzó su obra y parece ser que tomó en este lugar apuntes del natural. Sin embargo y como ya se ha apuntado con anterioridad en su conjunto la obra es un cuadro de taller. Hay que decir que Courbet no pudo reconstruir la escena completa ante sus ojos, pues las dimensiones del estudio en el que trabajaba y del lienzo sobre el que plasmaba la composición se lo impedían. Ello podría explicar la disposición a modo de friso de las figuras, emplazadas todas ellas en un primer plano muy poco profundo que no parece ser suficiente para contenerlas (el veterano de 1793 más cercano al borde del cuadro mide 2,10 m. de altura).

Ninguno de los personajes muestra sus sentimientos de forma clara (no sabemos si sienten solemnidad, dolor, indiferencia…). Tampoco intercambian miradas ni gestos entre sí (sólo el monaguillo al levantar la vista parece encontrarse con la mirada de uno de los porteadores del féretro). Las distintas figuras parecen estar ajenas al oficio religioso. Ninguna (a excepción del enterrador) parece mirar al sacerdote. Volviendo a Clark[7] éste afirma que no es que la gente haya perdido su fe, sino que estamos ante una falta de atención por parte de la colectividad que asiste al entierro. Y no sólo falta de atención por parte de la colectividad “humana” sino también falta de atención por parte del perro que aparece en el cuadro y que se gira hacia el grupo que aún se está colocando. Además en medio de todo ello vemos las caras grotescas, sonrosadas de los pertigueros. Podemos decir en este punto que el artista plasma en el lienzo todo lo que ya sabemos sin querer reconocerlo, esto es la hipocresía de la sociedad burguesa: el sacerdote oficia de forma rutinaria, los acólitos y los clérigos se desentienden de la ceremonia y los amigos y familiares (exceptuando algún caso concreto) parecen cumplir con una obligación social en lugar de sentir la muerte del difunto. A pesar de no intercambiar miradas Fried habla de la presencia de figuras emparejadas. Así se refiere a los porteadores del féretro, a los niños del coro, a los veteranos de 1793 (de los que se ha dicho que a través de sus vestimentas pudieran estar estableciendo un paralelismo con la Revolución de 1848) o a los pertigueros vestidos de rojo[8]. A su vez el mismo autor habla de un giro colectivo conformado por las figuras femeninas que aparecen en la parte situada a la derecha del espectador. Por otra parte podemos señalar dos líneas diagonales conformadas por el ataúd y que confluyen en los laterales del hoyo. Además, si prolongamos el brazo horizontal de la cruz la línea resultante pasa por encima de las cabezas de las mujeres que, ataviadas con pañuelos blancos sobre sus cabezas, se están colocando para asistir al sepelio en el lado derecho.
Para la disposición “casual” de los personajes se ha señalado como posible influencia un retrato de grupo holandés, en concreto el Banquete del capitán Bicker de Van der Helst que Courbet había visto en Amsterdam en 1848[9]. También se ha señalado El entierro de San Buenaventura de Zurbarán. De éste último parece tomar elementos tales como la solidez de las sombras, los fuertes y extraños contrastes de blanco, rojo y negro sobre el fondo gris, la claridad en la alineación de los personajes representados o la igual iluminación de las cabezas, ya se hallen éstas más lejos o más cerca del espectador. Pero en lo que prácticamente todos los autores coinciden en señalar es la influencia las estampas populares, esto son, los grabados, las xilografías y las litografías que circulaban por la Francia de la época. Asistimos pues aquí a la total democratización del arte. Dichas estampas tenían como función el difundir informaciones de diverso tipo (religioso, político…) al pueblo llano. Además, tras la Revolución de 1848 éstas se utilizaron con nuevos fines propagandísticos dentro de la lucha de la izquierda y de la derecha por ganar el campo. A Courbet le interesaba la cultura popular y así lo demostró cuando en 1850 puso imágenes a un tabloide de canciones dedicado al apóstol del fourerismo Jean Journet. Courbet trató por lo tanto de escapar del arte culto (aunque siguió empleando sus formatos y sus temas) por la vía del arte popular, rechazando el jerarquismo y el culto a la personalidad promovidos por el régimen de Luis Napoleón Bonaparte. Cabe decir que en el contexto en el que Courbet pintó el Entierro lo popular era entendido como una expresión de apoyo a la “república democrática y social”. En un boceto preparatorio realizado a carboncillo y que hoy se conserva en el Museo de Bellas Artes de Besançon Courbet había planteado el Entierro como una procesión que partía desde el extremo derecho y se dirigía hasta el izquierdo, al lugar en el que se ubicaba el hoyo. Dicha composición sigue el mismo esquema que el de un “souvenir mortuaire” que se producía en torno a 1830 en Montbéliard, cerca de Ornans, en el que los campesinos ponían el nombre del difunto, la fecha de defunción y el lugar en el que iba a ser inhumado. Pero frente a esa primera idea de un grupo en movimiento continuo en el cuadro final dicho grupo se ha parado, concentrándose la escena en torno a ese centro que es la tumba. También aquí la colocación de las figuras nos remite a otro tipo de grabados populares: se trata de las “escalas da la vida”, en las cuales nos encontramos con una serie de individuos ordenados en una gradación escalonada en función de su edad y dispuestos en torno a una escena de entierro. También en el cuadro de Courbet vemos cómo los personajes se organizan en torno al hoyo, desde los niños a la izquierda a los hombres más viejos a la derecha, ataviados con vestimentas de la década de 1790[10], en un claro paralelismo con el famoso aleluya (están presentes las edades del hombre, desde la infancia a la vejez). En cuanto al movimiento zigzagueante de las figuras situadas a la derecha del espectador Fried[11] señala como posible fuente de inspiración unas caricaturas populares de contenido ya declaradamente político que se pusieron de moda en las décadas de 1840 y 1850. En ellas se mostraba a personajes caminando a lo largo de un recorrido serpenteante. Una de estas caricaturas, titulada “Démégement de l´Assemblée constituante”, fue publicada en el Journal pour rire meses antes de que Courbet regresase a Ornans. En dicha caricatura el cortejo va de la parte más lejana a la más cercana. Courbet pudo por lo tanto inspirarse en alguno de estos dibujos, suprimiendo la perspectiva elevada y comprimiendo los segmentos del cortejo en un único plano. Ello le permitía explotar al máximo la proximidad extrema del conjunto de la escena con el espectador.
Hasta aquel momento los pintores que habían tratado el tema del entierro habían casi siempre hecho hincapié en el alma del fallecido ascendiendo al ámbito celestial (véase por ejemplo El entierro del conde de Orgaz). Pero desde mediados del siglo XIX los artistas y escritores pasaron a intentar captar en sus obras la “auténtica” verdad de la muerte, desprovista de cualquier significado trascendental y ajena a cualquier evocación alusiva a aquello que está más allá de la razón. En palabras de Linda Nochlin, a partir de este momento “el difunto deja de ser reverenciado como un ser vivo que ha penetrado en lo desconocido (…) En las sociedades modernas el difunto es un cero, un no-valor”[12]. Por otra parte Proudhon, coetáneo y amigo de Courbet, dice que “la muerte del hombre hoy, en el pensamiento universal, es como la de un animal… y a pesar del Réquiem, a pesar de la Iglesia y todo su ‹‹decorum›› tratamos los restos de uno como los del otro”[13]. En la obra de Courbet por consiguiente ya no hay alusión alguna al mundo supraterrenal. Lo único que podría vincularse con el ámbito celestial sería el crucifijo recortándose sobre el cielo, pero lo cierto es que ésta es una realidad material ya que, como decía el propio Courbet “no puedo pintar un ángel porque nunca vi ninguno”. Finalmente se puede decir que una referencia clara a la muerte en su sentido terrenal la encontramos en la calavera que aparece depositada sobre la tierra junto al hoyo.
Como conclusión Courbet utilizó los temas y las proporciones del “Gran Arte” para revitalizar el arte popular, un arte éste que era utilizado con nuevos fines en la batalla para ganar el campo (Revolución de 1848). En cuanto a las críticas que se le hicieron en su momento a la obra cebe decir que ésta fue atacada no tanto por la representación de un entierro como por la falta de una composición aparente y de un evidente contenido. Y es que como dijo Louis de Geoffroy al analizar el Entierro en Ornans: “El funeral de un campesino no es menos emotivo para nosotros que el cortejo de Foción. Lo importante es evitar la restricción del tema y, además, enfatizar las partes interesantes de tal escena”[14].

Rafael F. Fuentes, febrero de 2010


[1] EISENMAN, p. 218.
[2] CLARK, p. 139.
[3] Íd., pág. 136
[4] FRIED, p. 121.
[5] FRIED, p. 135.
[6] MASANÉS, p. 31.
[7] CLARK, p. 67.
[8] FRIED, p. 125. Según él esto aminora la individualidad de los personajes.
[9] Rubin señala sin embargo como posible influencia La compañía del capitán Allaert Cloek, de Thomas de Keyser, otro gran retrato de grupo que Courbet también pudo haber visto en Holanda.
[10] Creo que el pintor podría estar estableciendo a través de estos personajes vestidos como revolucionarios de 1793 un paralelismo entre la revolución de fines del siglo XVIII que desembocó en la I República Francesa, y la revolución de 1848 que dio lugar a la II República.
[11] FRIED, pp. 130-133
[12] NOCHLIN, p. 50.
[13] Íd., p. 52.
[14] NOCHLIN, p, 30.


BIBLIOGRAFÍA
CLARK, T.J.: Imagen del pueblo. Gustave Courbet y la revolución de 1848. Edit. Gustavo Gili, Barcelona 1981.
EISENMAN, S.: “La retórica del realismo: Courbet y los orígenes de la vanguardia”, en Hª crítica del arte del siglo XIX. Ed. Akal, Madrid 2001 (pp. 219-237).
FRIED, M.: El realismo de Courbet. La Balsa de la Medusa, Antonio Machado Libros, Madrid 2003.
LARA BOSCH, F. (ed.): “El siglo XIX”, en Hª Universal del Arte, vol. VIII. Ed. Planeta, Barcelona 1994 (pp. 262-263).
MASANÈS, F.: Courbet. Taschen, Colonia 2006.
NOCHLIN, L.: El Realismo. Alianza, Madrid 1991.
ROSEN, Ch. y ZERNER, H.: Romanticismo y realismo: los mitos del arte del siglo XIX. Hermann Blume, Madrid 1988.
RUBIN, J.: Courbet. Phaidon Press Limited, Londres 1997.
SCHAPIRO, M.: Modern Art (19th & 20th Centuries). Chatto & Windus, Londres 1978.

jueves, 3 de septiembre de 2009

La soledad (en la muerte de Dalida)


En la edición del diario La Vanguardia del viernes 29 de mayo de 1987 se recoge un artículo firmado por Jordi Ventura y presentado bajo el título de La soledad. El texto (resumido) es el que reproduzco a continuación:

"Hace poco (03/05/1987) se ha dado un hecho, en apariencia banal, que, no por más repetido es menos lamentable. Se trata del suicidio, en Francia, de una estrella del mundo de la canción. Su nombre artístico era Dalida y su nombre real Yolanda Gigliotti, nacida en Egipto hacía cincuenta y cuatro años. No comentaría el hecho si no fuera porque esta "vedette" ha fallecido víctima del peor, del más temible de los males anímicos que hoy agobian al hombre y a la mujer: la soledad, la dura y cruel soledad que atenaza a centenares de miles de personas en nuestro modo de vida vertiginoso y, en apariencia, tan capaz de llenar las ansias de todo el mundo.

Dotada de una sensibilidad muy aguda, Dalida decidió rendirse ante el dolor de no haber podido ser madre y de encontrarse ya desprovista de afecto, carencia que achacaba a su entrada en la madurez.

[Dalida] había sufrido mucho dentro de la fatal inhumanidad del mundo de los que trabajan de cara al público. A sus treinta y cuatro años perdió a [...] Luigi Tenco, que se suicidó disparándose un tiro en la cabeza. Tres años más tarde, su primer marido, Lucien Morisse, escogía esta misma salida cobarde de los problemas de cada día. Otro antiguo compañero, Richard Chamfray, que hizo creer a muchos que era nada menos que el conde de Saint Germain de las leyendas deciochescas, también se suicidó.

El descenso pendiente abajo había comenzado muchos años antes, con el engolosamiento de Dalida por hombres que no llegaban ni de lejos a tener su edad, mientras por otra parte rechazaba ofertas mucho más sólidas y seguras de personas en quienes habría podido confiar y apoyarse en los momentos de incertidumbre.

Dalida vivía al noventa y cinco por ciento por y para su oficio y había olvidado dar un mucho mayor porcentaje vital al mundo de los afectos reposados y tranquilos. En Francia nadie lo ha puesto en duda: Dalida ha muerto víctima de la soledad, de un aislamiento inmenso tras buscar vanamente, a lo largo de seis lustros, la satisfacción de sus afectos en el mundo cambiante del capricho, de la moda y del humor muy variable de su alma de mujer.
[...] Es curioso darse cuenta de que Dalida se hallaba sola, pese a tener todavía una multitud de admiradores. Pero sí, estaba sola. En el tinglado del estrellato, las rupturas de amistad, los puñetazos contra la fidelidad, son como heridas que el artista llegará a cicatrizar o no, según el equilibrio de que disponga, en el sector familiar o en el tierno y complejo mundo del corazón."

Dalida, una de las grandes damas de la canción francesa, se fue de este mundo por decisión propia en la noche del 2 al 3 de mayo de 1987. Lo hizo en la soledad de su casa de Montmartre tomando como pasaporte una dosis letal de somníferos. Junto al cuerpo inerte de quien fuera Miss Egipto ´54 una escueta nota pretendía servir de excusa a lo inexcusable: "La vie m´est insupportable. Pardonnez-moi". En la nocturnidad u oscuridad de aquella su mansión de cuento moría la persona; nacía la leyenda.



jueves, 6 de agosto de 2009

Clásicos de cine (I): Ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948)

Ladrón de bicicletas es la segunda película de una trilogía que había comenzado dos años antes con El limpiabotas (1946) y que culminaría en 1952 con Umberto D (una película que analizaré más adelante). Con ella Vittorio de Sica pretendía reflejar el drama que vivió Italia tras finalizar la II Guerra Mundial. En sus diarios Cesare Zavattini, el principal guionista del filme, escribe cómo él y de Sica con el fin de conseguir información visitaron un burdel y la estancia de una médium (la cual serviría de inspiración para uno de los personajes de la película). De aquí que podamos decir que lo que intentaban tanto de Sica como Zavattini era recopilar información real de la dura postguerra cuando Italia estaba paralizada por la miseria[1].
Ladrón de bicicletas presenta un tema simple: un incidente en la vida cotidiana de un trabajador. Se trata de un argumento sencillo pero terrible. La película nos narra el drama de Antonio Ricci, un obrero romano de 40 años que lleva dos en paro. En un determinado momento consigue trabajo como fijador de carteles pero para ello necesita desempeñar su bicicleta, la cual está depositada en el Monte de Piedad. De acuerdo con su esposa “libera” el vehículo empeñando la ropa de cama. Al día siguiente mientras Antonio pega un cartel le roban su bicicleta. Enloquecido denuncia el robo pero en la comisaría le aconsejan que la busque por su cuenta dado que los robos de bicicletas son muy comunes. Acude entonces con su hijo Bruno a un local en el cual se celebra una reunión sindical; aquí se pone en contacto con un conocido, el cual se compromete a encontrar la bicicleta. A la mañana del día siguiente comienzan la búsqueda del vehículo en un mercadillo en el cual se ponen a la venta algunos objetos robados. Tras una fuerte tormenta y ya de camino a casa sin encontrar lo que buscaban Antonio reconoce al ladrón hablando con un anciano desastrado. Tras perseguirlo infructuosamente el protagonista decide seguir al vagabundo hasta un local gestionado por religiosos y en el cual se presta auxilio social. Logran que el hombre, aunque con reticencias, les proporcione la dirección del ladrón. Posteriormente y por casualidad el protagonista se vuelve a encontrar con el joven que le ha hurtado la bicicleta, lo persigue hasta un burdel y lo acusa. Los vecinos del muchacho se rebelan contra Antonio increpándolo; éste enfurecido termina marchando del lugar. En el camino hacia su hogar Antonio y su hijo ven una enorme cantidad de bicicletas aparcadas en el exterior de un campo de fútbol mientras se está celebrando un encuentro presumiblemente entre el Módena y el Lazio (al final del partido vemos como salen del estadio miles de personas, lo que es un reflejo ya de la enorme repercusión social que tiene el balompié en la Italia de la postguerra). El obrero queda como aturdido ante lo que es casi una provocación como un gesto automático repite el mismo proceder del que ha sido víctima. En un instante una muchedumbre se le echa encima tachándolo de ladrón. El dueño de la bicicleta decide no interponer una denuncia y Ricci, enmudecido de vergüenza tras haber perdido su dignidad y honradez se aleja mientras la pequeña mano de Bruno se desliza entre la suya.
Así pues el robo de la bicicleta y su búsqueda adquieren un carácter trágico. El vehículo se constituye como el resorte dramático de la cinta, hablándonos de una época en la que los medios de transporte mecánicos son todavía escasos y costosos. La bicicleta permite a Ricci ir a trabajar pegando en las paredes pósters de películas (un enorme retrato de Rita Hayworth tal y como aparecía en la película Gilda actúa como contraste irónico entre el exquisito mundo de Hollywood y la humilde vida cotidiana del neorrealismo). Pero lo realmente importante en Ladrón de bicicletas es la plasmación del momento presente, la realidad cotidiana vivida como una pesadilla. Antonio es un hombre desgraciado: no tiene bicicleta y por consiguiente va a ser de nuevo un parado, un hombre que carece de un trabajo con el que poder dar de comer a su familia. De Sica nos ofrece en la película una visión pesimista de la postguerra que rompe con el falso mito de la solidaridad. Antonio está sólo en esa jungla que es la ciudad. La bicicleta es su tesoro, su medio de vida, pero eso a nadie parece importarle. Es más, como ya se ha apuntado con anterioridad, los propios carabinieri muestran su desinterés por el caso cuando el protagonista acude a denunciar el hurto. La soledad del Antonio queda simbolizada por ejemplo a través de dos momentos: 1) cuando refugiándose de la lluvia se acercan a él unos seminaristas hablando en alemán, y 2) cuando en el restaurante Antonio y Bruno miran con resignación el opíparo banquete del que está disfrutando una familia acomodada (a su vez esta escena puede ser vista como símbolo de la pobreza frente a la miseria: la imposibilidad de Antonio de comprar un plato de spaghettis). Ante esta mísera situación parece haber dos claros: las respuestas de la vidente a modo de oráculo y la caridad eclesiástica. Si nos detenemos en analizar la forma de actuar de la adivina y sus respuestas vemos que de su boca sólo salen supercherías; en realidad esta mujer es una farsante que busca el engaño y el dinero fácil en gente humilde que espera encontrar en ella el remedio a sus males.
A la hora de contextualizar el ambiente en el que se mueven Antonio y su familia cabe decir que su mundo se desarrolla en el marco de un barrio obrero, con nuevos edificios austeros, típicamente de postguerra, habitados por familias pobres, calles sin asfaltar y carente de agua potable. Por las “avenidas” no hay coches, tan sólo algún autobús, algún tranvía y muchas, muchas bicicletas (reflejo de una clase obrera que no puede permitirse el lujo de disfrutar de un automóvil). Los Ricci moran en una vivienda humilde, con paredes en las cuales la pintura aparece desconchada y los cristales de las ventanas están rotos. Devastada por la guerra, la ciudad acaba de empezar su lento camino hacia la reconstrucción. Estamos en Val Melaina, situado en la extrema periferia de Roma, y un núcleo en el que la guerra ha dejado las heridas sociales más profundas.
Es interesante la reflexión que André Bazin hace sobre el sindicato de los obreros. Vemos que éste está reunido en asamblea en una especie de sótano en el momento en el que Antonio acude en busca de un amigo para que le ayude a buscar su bicicleta. La desgracia de Ricci es privada, es su propia tragedia y es sabido que los sindicatos no trabajan para la caridad sino para alcanzar una justicia común y social. Es por ello que cuando un Antonio desesperado está hablando con sus amigos en el transcurso de la reunión los proletarios sindicados lo hacen callar comportándose “como un grupo de burgueses paternalistas a la vista de un obrero desgraciado”[2]. Es igualmente curioso cómo la sociedad que hace oídos sordos a la llamada de ayuda del obrero se congrega como multitud furiosa para tomar partido en contra de él con el fin de recriminarle: 1) la acusación sin pruebas del joven que le ha robado la bicicleta, y 2) el intento de robo de otra bicicleta que le es ajena (es decir, la sociedad no ayuda a Antonio a recuperar su bicicleta, pero sin embargo sí que ayuda a que le cojan).
En este análisis de Ladrón de bicicletas es importante señalar el papel que Bruno, el hijo mayor de Antonio, juega en el desarrollo de la historia. A pesar de su corta edad (8 años) nunca lo vemos jugando sino que como otros tantos niños de postguerra trabaja en una gasolinera para, con su pequeño sueldo, ayudar en la economía familiar (es por lo tanto un niño al que se priva de su infancia por necesidad). Bruno es un niño ejemplar que camina al lado de su padre solidarizándose y tomando conciencia de su desgracia. Sabiamente de Sica pone al pequeño en un papel habitualmente reservado a la esposa. Él es el encargado dar a la aventura del obrero una dimensión ética y moral en este melodrama que sin él podría no ser más que social. Se hace necesario destacar la gran complicidad existente entre ambos, así como la admiración que Bruno siente por Antonio. Por ello cuando hacia el final de la película Ricci intenta robar otra bicicleta, es sorprendido y abofeteado su vergüenza no lo es tanto porque el hecho se haya desarrollado en plena calle en medio de una multitud sino porque su hijo, aquel para quien es casi un Dios, ha sido testigo. A este respecto es muy sentimental ese momento en el que Bruno sollozando recoge del suelo el sombrero del padre agraviado y le quita el polvo. Él es fundamental para que el dueño de la bicicleta robada por Antonio se apiade y no presente denuncia. El infante y su progenitor se configuran como dos luchadores ante la visión pesimista (pero no obstante real) de una Italia de postguerra pobre y desolada.
Por lo que respecta a la acción ésta se desarrolla de manera continuada a lo largo de tres días consecutivos (en concreto para algunos críticos la aventura transcurriría entre un viernes y un domingo[3], aunque en ningún momento del filme se hace referencia de manera explícita a un día concreto). Dentro de esa intención de abstenerse en falsear la realidad es fundamental hacer hincapié en que se va a tratar la sucesión de hechos en su integridad fenomenológica; así nos encontramos con una dilatación temporal por ejemplo en el momento en el que Antonio desempeña su bicicleta y es testigo de cómo un empleado del Monte de Piedad coloca sus sábanas en lo alto de una especie de andamiaje en el que hay otros cientos de juegos de ropa de cama (son otros cientos de vidas empeñadas); o por ejemplo cuando padre e hijo se tienen que resguardar de un chaparrón junto a la pared de una casa, teniendo momentáneamente que suspender la búsqueda de la bicicleta. También asistimos a hechos anecdóticos como por ejemplo el momento en el que Bruno se detiene a orinar.
En cuanto al lenguaje cinematográfico es de una desnudez extrema. La cámara se coloca en el mismo nivel del objeto (se evitan las angulaciones en picado o contrapicado); apenas se mueve y cuando lo hace es de forma lenta, aproximándose en muy pocas ocasiones al personaje. De Sica deja que la narración fluya de forma natural. Pero esto no quiere decir que se deje lugar a la improvisación: todo lo que entra y sale del cuadro es fundamental para la construcción del sentido de la obra cinematográfica. Y es que aunque parezca lo contrario hay una cuidada puesta en escena; de esta forma en la película nos encontramos con uno de los más bellos amaneceres de la historia del cine, con los obreros sobre sus bicicletas dirigiéndose a sus puestos de trabajo como si de una cabalgata se tratase. En todo caso lo que sí es cierto es que toda dramatización es evitada. A su vez no casi no hay ni una escena rodada en estudio; prácticamente todo ha sido realizado en la calle[4]. En lo que se refiere a los diálogos son banales como la vida misma. Dentro de esa intención por acercarse aún más si cabe a la realidad es importante señalar que la comunicación dentro del ambiente proletario se produce en dialecto romano, una lengua vernácula; sin embargo nos encontramos con dos excepciones a ese monolingüismo imperante a lo largo del filme: el alemán hablado por el grupo de seminaristas que se protegen de la lluvia y el italiano estándar del cronista radiofónico que anuncia el final del partido momentos antes de que Ricci se decida también a hurtar una bicicleta.
El filme tiene una estructura en apariencia clásica al desarrollarse la acción a partir de la búsqueda de la bicicleta robada. Pero sin embargo ésta no aparece, quedando el espectador con la duda de si en algún momento Antonio la recuperará (hay un final abierto). La película termina con un plano general de Antonio y Bruno alejándose cogidos de la mano, perdiéndose en medio de una multitud que les da la espalda y que es impermeable a los problemas individuales.
Casi para terminar con el análisis individual de Ladrón de bicicletas me gustaría resaltar el cómo de Sica juega con el espectador en el momento en el que Antonio deja su bicicleta (antes por lo tanto de sufrir el robo) apoyada en la jamba de la puerta de la casa de la adivina. El obrero sube las escaleras en busca de su mujer. En la calle mientras tanto vemos que unos niños están jugando. Pensamos en que en ese espacio de tiempo Antonio se va a quedar sin su medio de trabajo. Pero lo cierto es que cuando el matrimonio baja las escaleras para dirigirse a su domicilio ahí sigue la bicicleta, en el mismo lugar en el que Antonio la había dejado.
Cuenta Zavattini que pasó meses “sin nadie que me quisiera comprar el guión de <>. Un día un productor americano [David O´Selznick] me ofreció millones, pero con una sola condición: que Cary Grant interpretara el papel de obrero. Me negué, a pesar de todos los dólares que tanto deseaba”[5]. Y es que es sabido que uno de los rasgos definidores del cine neorrealista es la participación de actores no profesionales. Pues bien, para encarnar el papel de Antonio Ricci de Sica eligió a Lamberto Maggiorani, quien trabajaba en una fábrica. En palabras del propio realizador “la forma en que se movía, la manera de sentarse, sus gestos con aquellas manos de trabajador y no de actor… todo en él era perfecto”[6]. Por otra parte para dar vida a Maria, la esposa de Antonio, de Sica se fijó en una periodista que respondía al nombre de Lionella Carrel.

[1] EBERT, p. 224.
[2] BAZIN, p. 332.
[3] ARONICA, p. 211.
[4] BAZIN, p. 329.
[5] HOVALD, p. 179.
[6] WORDWELL, p. 478.

ARONICA, Daniela: El neorrealismo italiano. Síntesis, Madrid 2004.
BAZIN, André: ¿Qué es el cine? Rialp, Madrid 1990 (2ª edición).
EBERT, Roger: Las grandes películas: 100 películas imprescindibles de la historia del cine (vols. I y II). Ma non troppo, Barcelona 2003 y 2006.
HOVALD, Patrice G.: El neorrealismo y sus creadores. Rialp, Madrid 1962.
WORDWELL, David y THOMPSON, Kristin: El arte cinematográfico: una introducción. Paidós, Barcelona 1995.